Sentía
el bombardeo en las sienes. La piel estremecida. Los labios secos, el cigarro
encendido, los ojos húmedos pero no mojados. Mis dedos entumecidos aferrando el
arma como aquel que se agarra a su vida desesperadamente. En frente de mí, el
demonio. Mi demonio.
— ¿Qué
vas a hacer, Roko?
Mi
demonio se había golpeado la cabeza, como había deseado. El humo del cigarro
impregnaba la escena.
—No te
muevas, hijo de puta. Y cállate. Cállate. —Aquello no iba en broma. Era cierto
que estaba tardando mucho en apretar el gatillo, pero no podía evitarlo.
Incluso para una escoria como esta era difícil. Si lo hacía jamás sería la
misma. Lo sabía.
—Vamos,
Kokó, esto es una tontería y los dos lo sabemos. Tú no eres una asesina. —Se
incorporó para acercarse a mí. Casi presioné el arma contra su sien para que
volviera a arrodillarse.
—Que te
estés quieto hostia. Y te he dicho que te calles. —Me aseguré de que captara la
idea, con un rodillazo en las costillas—. Vas a escucharme, mierda de tío, y
asegúrate de que me oyes bien porque será lo último que nadie te diga. Yo no
soy una asesina, pero tampoco era una puta hasta que me raptaste cuando no
levantaba un metro del suelo. Yo no soy una asesina, pero ya no soy una niña.
Los giros que da la vida, supongo. En realidad te estoy haciendo un favor, cuando vengan aquí te encontrarán muerto y no
tendrás que ir a la cárcel donde te darán por culo hasta que te salgan sus
pollas negras por la boca. Creo que te encantaría. Pederastia, prostitución, tráfico
de drogas, asesinatos y mafias no son cinco añitos y a tu casa. Da para que te dilaten el agujero de tu culo
unos cuantos centímetros. Así que de nada. —Mantuve alta la pistola, respirando.
Tenía quince años y nadie sabía lo que aquel hombre tan indefenso me había hecho pasar. A mi mente solo venían esas
imágenes horribles, desde tan pequeña. Cuando abrí los ojos, no dudé. Yo ya no
era Roko Clair. No era Kokó. No lo era. Mi nombre era Smoke—. Nos vemos en el
infierno, Gabriel.
Bang.
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